martes, 2 de junio de 2020

EL YARAVI, TRAZOS PARA UNA BIOGRAFÍA

EL YARAVI, TRAZOS PARA UNA BIOGRAFIA*©
  
POR: JOSE A. GAMARRA AMARO

"Una vez entregado el trabajo a los Titulares de la obra el 15 Agosto del 2018 por los 478 Aniversario de Fundación, solo nos queda publicarlo para conocimiento de los interesados. Gracias a la Municipalidad de Arequipa por su condecoración, de igual manera a la Sociedad Amantes de Arequipa por su reconocimiento y al Club Departamental ".


      No se halla definida hasta ahora claramente cuál es la esencia lírica y humana del yaraví. Se habla de esta canción poética popular como de la forma más expresiva del alma indígena y se supone que tuvo siempre la misma inspiración melancólica y elegíaca que en nuestros días. ¿Fue así, plañidera y decepcionada, la canción predilecta del pueblo incaico, expansivo, dinámico y vital? ¿No está reñida la queja individual y romántica con la alegría colectiva, desbordante y dionisíaca de los taquis incaicos y de sus ritos agrícolas y domésticos, plenos de salud espiritual y de juvenil optimismo? ¿No se habrá deslizado, en el transcurso del tiempo, algo del acíbar de la opresión y de la nostalgia del pasado en el lamento insistente de las quenas o en la tristeza de los versos fatalmente desesperados?  

     Algo hay efectivamente que se ha sobrepuesto y fundido con el alma primitiva de la canción incaica, trasmutando su sentido y prestándole una nueva entonación sentimental en la que se sienten ecos de líricas lejanas de Occidente, de canciones provenzales, églogas petrarquistas y coplas y seguidillas castellanas.

     Precisa por esto aclarar los orígenes del yaraví y separar lo autóctono y original de lo aprendido o importado para determinar los componentes de la aleación actual. Para esto, aunque falten colecciones de textos auténticos y comentarios críticos, interesa, por lo menos, escribir la biografía del yaraví.

    La imagen enlutada y llorosa del yaraví y el propio nombre dado a la canción primitiva indígena, provienen del siglo XVIII. La fonética misma aguda de la voz yaraví está denunciando su procedencia castellana y mestiza, ya que no son propias del quechua las palabras agudas. El nombre primitivo incaico fue aravi o haravi . Es el testimonio de cronistas de calidad en lo quechua como Cristóbal de Molina, fray Martín de Morúa, Bernabé Cobo y Huamán Poma de Ayala. Garcilaso nos dice que a los poetas les llamaban los Incas haravec que quiere decir inventador. También los llama haravicus, en otra parte de sus Comentarios, concordando sus difusos recuerdos de la lengua madre.

     Más preciso que el de los cronistas es el testimonio de los frailes catequistas estudiosos de la lengua quechua y autores de gramáticas y vocabularios.  El vocabulario de González Holguín, de 1608, dice haravi y traduce "cantares de hechos de otros o memoria de los amados ausentes y de amor y afición". En el Arte y Vocabulario De Torres Rubio reeditado en 1754, se dice haravi , pero se nota la variante faraví que significa ya "canción triste". En el Vocabulario y Gramática Ilustrada de José de Rodríguez de 1791 se escribe haravi y haravicuy  que se traducen como "canciones de indios a manera de endechas de cosas de amores". A través de la nomenclatura se advierte ya la evolución del concepto, amplio y múltiple en el siglo XVI y restringido y monocorde, teñido de melancolía en el siglo XVIII. Es la modulación que va a prevalecer en la disertación sobre los yaravíes del Mercurio Peruano de 1791 y en la guitarra arequipeña de Melgar. Pedantes, sabelodo y fantasiosos profesores de fonética ausentes del alma nueva y criolla del yaraví, aconsejarán más tarde llamarle "hjarahui ", "harawi " o "Aya aruhui".

      Del espíritu y del texto de las crónicas se desprende que aravi era sinónimo de canción. El haylli era el canto épico que loaba el triunfo del hombre sobre la tierra o sobre el enemigo. El aravi  era la canción lírica en la que se modulaban el amor, la tristeza o la alegría, las emociones dulces del hogar o de la vida. El haylli  era acompañado con el rudo sonido del huancar y de "cajas temerarias" y el agudo zumbar de los pututos. El aravi se tañía al son tierno del  pincullu, de la antara y de la quena-quena . “Las canciones que componían de sus guerras y hazañas no las tañían–dice Garcilaso–porque no se habían de cantar a las damas, ni dar cuenta de ellas por sus flautas". Y más adelante: "Los versos amorosos hacían cortos porque fuesen más fáciles de tañer en la flauta". 

INSTRUMENTOS MUSICALES DEL INCARIO

     Así queda fácilmente deslindada la materia poética del Incario, pese a la primitiva confusión de los géneros. El haylli  es la épica incaica, el aravi , es sobre todo la canción lírica o de amor.

     El aravi  o canción podía ser de amor, como cantar otras emociones, principalmente las festividades de la vida agrícola: el barbecho, la siembra, la siega, el traslado del maíz de las chacras a las casas para colocarlo en las pirúas propiciatorias. En la fiesta del aymoray , dice Cristóbal de Molina, llevaban en triunfo el maíz de las chacras a las casas: "trayanlo  en  unos  costales pequeños con un cantar llamado aravi, con unos vestidos galanos". En estos cantares, apunta el licenciado Ondegardo, “entonaban la alabanza del maíz y rogaban que no se extinguiera la fuerza fecundadora de las simientes”. El fraile Morúa agrega que "cuando sembraban sus chacras y danzaban todos juntos con las propias tachas" –o arados– cantaban "aires y otros diversos yaravíes que son romances que ellos cantaban en su lengua". Huamán Poma habla también de diversas clases de aravíes: uaritza-aravi , aravi-manca, el taqui cahuia-haylli-aravi . Del embrollado galimatías del cronista indio se puede decir que el aravi era una canción mimada, unida siempre, asociada, en sus relatos a la canción o aravi y diferenciado de éste. “De esta manera–dice en alguna parte de su Nueva Corónica prosigue cada ayllo hasta Quito, nuevo reino, desde el Cuzco, cada ayllo con sus taquis y sus aravíes. Los cuales danzas y aravis–dice en otra parte–no tienen cosa de hechicería ni de idolatrías".

     El aravi es, pues, una canción, acompañada del taqui o danza, y aún de comer y beber. Acaso, según puede deducirse del mismo cronista indio, la denominación de aravi provenga de la repetición de esta palabra usada como estribillo, según la costumbre poética incaica, como se repetía la palabra "haylli " en los cantos guerreros. Huamán Poma, anota en uno de sus dibujos: Cantan haravayo, haravayo, Haravi, cantan harayharavi, compás muy poco a poco".  Morúa y Cobo parecen confundir el haylli y el aravi. Morúa dice que los indios tenían "cantares que memoraban y cantaban las cosas pasadas y hoy en día llaman arabise". “En ellos había un guía y un coro, duraban tres o cuatro horas y eran acompañados por el tambor”. Cobo indica igualmente que en susarabis referían sus hazañas y cosas pasadas y decían loores al Inca: entonaba uno solo y respondían los otros". La confusión de ambos cronistas es palmaria. Garcilaso a diferenciado bien la canción tañida en la flauta del cantar histórico, recitado o cantado y del haylli o himno guerrero de triunfo que otros cronistas recuerdan acompañado por el tambor.

     El aravi era pues inseparable de la música: no podía cantarse sin la flauta. Las frases de la canción se decían a través de la flauta, de modo que se percibían claramente a través del sonido de ésta. Se podía decir, apunta Garcilaso, que indio enamorado, "hablaba por la flauta". Dos cronistas, el Inca y Gutiérrez de Santa Clara, nos traen el testimonio del embrujo erótico de estas canciones: Garcilaso nos cuenta que un español topó en el Cuzco con una india que conocía y quiso detenerla y ella le dijo:

                                                      "Señor, déjame ir donde voy,
                                                      sábete que aquella flauta que oyes
                                                      en el otero me llama con mucha pasión y ternura,
                                                      de manera que me fuerza a ir allá
                                                      que el amor me lleva arrastrando
                                                      para que yo sea su mujer y él mi marido".

     Y Gutiérrez de Santa Clara confirma este hechizo irresistible: "Y tienen estos indios unas flautillas con dos agujeros arriba y uno abajo, que llaman pingolios y con estas flautillas cantan sus romances que se entiende claramente lo que dizen. Y con estas claman a las Indias y a las mozas de noche las que están encerradas en sus casas y en la de sus amos y como entienden quién tañe el pingolio, se salen escondidamente y se van con ellos".

     Otra anotación que surge de este examen es la de que el aravi no era una canción tristeo melancólica. No todo en el amor es triste, como dijo el poeta. El aravi incaico fue triste o alegre, según los momentos anímicos que expresaba. La tonada, explica Garcilaso, revelaba el contento o descontento del ánimo del cantor, el favor o el disfavor de la dama que le atraía. La tristeza del yaraví es un tópico posterior a la conquista y especialmente grato al siglo XVIII. En el Incario el aravi era ya triste, ya alegre, lleno de jubiloso optimismo en los cantos de siembra y de cosecha, insinuante y caricioso en la flauta del indio enamorado y pletórico de entusiasmo y de frenesí vital en los taquis, las fiestas dionisíacas del Incario que tenían los contornos de bacanales delirantes de sexo y de vida.

     La canción amorosa –el aravi–nos dice Garcilaso, era corta, de metros y estrofas breves. El mismo cronista nos ha conservado acaso el único aravi auténtico en versos de cuatro sílabas:

                                                                                        Caylla  llapi
                                                                                                                   Puñunqui
                                                                                   Chaupituta
                                                                                   Samusac .

Traducida al castellano, la corta estrofa indígena hecha para el tañido de la flauta, daría esta versión:
                                                                          Al cántico
                                                                                  dormirás,
                                                                                  media noche
                                                                                  yo vendré.


     Nada hay de tristeza en esta invitación al amor. La tonada no podría ser melancólica para el amante esperanzado. El Padre Cobo nos aclarará aún más el múltiple sentir del aravi en esta nota: "Para todos sus bailes tenían cantares bien ordenados y a compás de ellos. Los que  eran de regocijo se decían arabis". Huamán Poma confirma: las danzas y aravis eran " todo huelgo y fiesta y regocijo: si no hubiese borrachera sería cosa linda".
 
NOTESE LA COMPOSICION POETICA
DE CUATRO VERSOS DE ARTE
MENOR, CON RIMA ASONANTE EN
LOS VERSOS PARES Y SIN RIMA
EN LOS IMPARES QUE NOS DICE QUE
ESTA DESTINADA A SER CANTADA
     El propio Huamán Poma nos refiere que la Coya Raua Ocllo, mujer de Huayna Cápac, tenía "mil yndios regocijadores unos dansavan otros baylaban otros cantavan con tambores y músicas y pingollos y tenía cantores haravi en su casa y fuera de ella para oyr las dichas músicas que hacían haravi en uacapunco...". En el mes de abril el Inca tenía grande fiesta en la plaza del Cuzco "y comía y cantava y dansava". "En esta fiesta cantava el cantar de los carneros, puca-llama y cantar de los ríos aquel sonido que hace". Estos cantos coreográficos eran lentos y acompasados, repitiendo incansablemente el mismo estribillo, "el retruécano de todas sus coplas" que dice Garcilaso, generalmente de sentido onomatopéyico. En la danza de los carneros se cantaba el uaritza aravi "que cantan con puca-llama (llama bermeja)al tono del carnero cantan diciendo con compás muy poco a poco, media hora dicen: y y y al tono del carnero". El Inca comenzaba, imitando el tono del carnero y diciendo luego sus coplas. Las ñustas y coyas respondían, "cantan a vos muy alta, muy suabemente y uaritza aravidize así: aravi, aravi, acay aravi aravi yau aravi van diciendo lo que quieren y todos el tono de aravi responden las mugeres". El diálogo coral continúa alternando el monótono estribillo, con coplas ya alegres, ya tristes, ya triunfales. A ratos es el haylli pleno de entusiasmo o el aravi cantado por las ñustas. De las notas recogidas por Huamán Poma se puede deducir la costumbre general en todas las tribus incaicas de estos cantos y danzas colectivos al son de un mismo estribillo implacable. Los labradores en el mes de mayo cantarían haravayo haravayo, haravayo, llevando las mazorcas frescas en la mano y los llama-miches o pastores llamaya, llamaya, ynyala, llamaya. En la danza de los chinchaysuyos, los hombres soplando la cabeza de un venado responden a las mujeres: uauco, uauco, uauco, chicho, chicho, chicho, chicho. Y luego nuevamente los varones pano yaypanoa pano yaypano. Otras veces es una exclamación alegre y jubilosa:¡yaha ha ha,ya haha!

     Tanto los collasuyos como los antisuyos y los chinchaysuyos tienen los mismos regocijos y canciones, las mismas algazaras juveniles, al son del tambor, entremezclado con los diálogos entre hombres y mujeres, estrofa yanti estrofa llenas de un sentido erótico y vital. Entre los collas, dice Huamán Poma, "las mosas donzellas dizen sus aravis que ellos le llaman aanca". Santa Cruz Pachacútec dice que Manco Cápac, en cierta ocasión, "començó a cantar el cantar de chamaiguarisca de pura alegría". Todas estas referencias hacen alusión a una lírica ingenua y colectiva, ligada a la tierra, al trabajo y al amor, con algo de juego o de ronda infantil, sin congojas o torturas individuales, ni desesperaciones a la manera romántica, que serán más tarde la nota distintiva del yaraví criollo. El aravi incaico es de fiesta, de expansión vital y apenas alguna vez en el deliquio de la fiesta sensual se oye la "canción lastimosa de las ñustas” de la que habla Huamán Poma, que es apenas un instante pasajero de melancolía en la embriaguez de alegría del taqui incaico.

     Con la conquista el aravi  pierde su estrepitosa gracia colectiva, desaparecido el desenfreno profano de los taquis y sólo subsiste en el lloroso y solitario gemido de las quenas de los pastores solitarios o en las quejas nocturnas de los amantes separados. El aravi se transforma en el yaraví , transformación que es no sólo fonética, sino espiritual. El aravi había sido jubilar y multánime.

      Melgar pasa ante la opinión común y también a veces, ante la erudita, como el creador del yaraví. Pero es indudable que esta forma poética a la que él dio su plena forma romántica existió anteladamente. En 1791 el Mercurio Peruano hablaba del yaraví como de una corriente poética copiosa, de la que había abundantes muestras, pues dice que se componían en diversos metros o endechas de cinco, seis y siete sílabas y también en redondillas, quintillas, cuartetas, décimas y glosas, es decir, en metros típicamente españoles. Un colaborador anónimo del Mercurio declara que tiene reunidos doce yaravíes diversos. 
  
  En El Hijo Pródigo, pieza dramática atribuida a Espinosa Medrano, considerada como la producción más antigua del teatro quechua, hay una endecha amorosa, que se canta detrás de la escena, a la que algunos han llamado yaraví, pero que no recibe tal nombre en la misma pieza. Es la que comienza:

                                                                                         ¿A dónde huyes,
                                                                                           corazón seducido
                                                                                            tocado por la flecha
                                                                                           del amor?

   
  Es una canción amorosa sin duda pero como cualquiera otra, sin ningún ingrediente particular, ni siquiera el metro corto, por la que pueda considerársele como un yaraví, síntesis de la tristeza criolla. La antigüedad mayor recae entonces en el yaraví de Ollanta, cantado en la escena V del primer acto y escrito hacia 1780. Este sí recibe del propio autor el nombre del yaraví, es decir que ha sido concebido como tal. La canción empieza:
                                          
                                                                  Dos amantes 
                                                                  palomitas
                                                                 Tienen pesar,
                                                                  se entristecen,
                                                                  Gimen, lloran,
                                                                  Palidecen
                                                                  Con un
                                                                  inmenso dolor.

     El símil de las avecillas amorosas y tiernas con el corazón amante se asocia bien a la índole ingenua del yaraví y persistirá más tarde en Melgar y en los mejores cultivadores del género. Al terminar el canto, Cusi Coyllor, la novia indígena, exclama: "Verdad dice este yaraví: basta de cantar, pues ya mis ojos se convierten en torrentes de lágrimas". Así queda definida desde el primer momento la índole del yaraví mestizo, octo-sílabocastellano, nostalgia sentimental, ingenuidad lírica, demostrada en el leit motiv de las palomas –las urpis indígenas ritornello  triste y música capaz de enternecer hasta el llanto.

     En la escena 9ª del mismo drama Ollanta, se canta otra canción lastimera, a la que no hay necesidad de llamar yaraví, porque lo es desde su primera línea:
                                            
                                                               Una paloma he
                                                               criado
                                                               Que perdí en
                                                               un momento
                                                                                       Busca en la
                                                               Comarca
                                                               Atento
                                                               Y averigua
                                                              dónde está.

     Estos dos primeros yaravíes, fruto de la inspiración poética de Antonio Valdez, gran poeta desdeñado, deciden la suerte del género. Los yaravíes de Valdez están escritos en quechua y aunque contengan reminiscencias poéticas castellanas, su espíritu es ya peruano, es decir que está ungido de melancolía indígena. Los yaravíes de Valdez fueron escritos en la lengua ancestral y aun para ser acompañados por la quena; los de Melgar, en pleno proceso de mestización espiritual, no contendrán una sola palabra indígena y reclamarán las cuerdas de la guitarra.
 
EL PENTAGRAMA DEL YARAVI OLLANTAY
      El Mercurio Peruano de 1791 con su revalorización de todo lo peruano y su inquieta búsqueda de las esencias patrias, marca un momento interesante en la historia del yaraví. Los contertulios de la Sociedad de Amantes del País, ocultos bajo los seudónimos de Sicramio, Leucipo y Eurifilo, abordan el tema de los yaravíes en una reunión tenida en el campo y luego en un Rasgo remitido a la Sociedad, que es publicado en el Mercurio de 22 de diciembre de 1791. Este rasgo provoca una polémica, en la que se aclaran conceptos e interpretaciones del yaraví.

 Una comprobación fundamental surge del análisis de los escritores del Mercurio, particularmente de la interpretación de Sicramio, que fue el disertante: lo esencial en el yaraví, lo que le presta todo su patetismo, su melancolía incurable, es la música. La poesía cantará olvidos y tristezas del amor, tiranías del ser querido, males de ausencia ya unas figuras mitológicas, en endechas castellanas de cinco o de ocho sílabas, pero los versos se han de acomodar a la tonada musical y ésta es, dice el comentarista "La excelencia más noble de los yaravíes". La asociación musical es la que produce el fenómeno romántico de las lágrimas. "¿Qué oídosdice el escritor mercurial– no quedan arrebatados de su influencia? ¿Qué ojos que no se inunden de llanto? ¿Qué persona que no se conmueva sólo con el oír tocar su aire en un mero instrumento?"  Y responde con el testimonio desbordante de su propia emoción: "Por lo que a mí toca, confieso con ingenuidad que cuando oigo estas canciones, se abate mi espíritu, se acongoja el ánimo, el corazón se entristece, los sonidos se encalman y el llanto humedece mis ojos". La finalidad del yaraví está lograda, hacer llorar.

     Pero no sólo promover "sollozos, suspiros y ayes" es el don del yaraví sino que debe expresar el alma india, debe ser una trasposición de los íntimos afectos y sentimientos del pueblo indígena. Aunque se escriba en castellano el yaraví debe tener alma quechua. El yaraví –dice Sicramio– debe reflejar la gravedad y seriedad del alma india, su humor "propenso a lo pánico y triste", sus habitaciones lóbregas, su lecho humilde, su comida frugal, su inclinación a lo lúgubre, el canto de las cuculíes y el de las aves agoreras, o sea recoger en buena cuenta la tristeza telúrica del paisaje y asociarla a una pena de amor. El Mercurio recoge como ejemplo de esta poesía quejumbrosa y llena de melancolía cósmica un yaraví anónimo, en el que se exhiben estos motivos. Cuando a su consorte pierde  triste tortolilla amante en sus ansias tropezando corre, vuela, torna parte. Perdida ya la esperanza y el corazón palpitante llora sin intermisión fuentes, ríos, golfos, mares.
 
MARIANO MELGAR
     Leídos, estos versos carecen de originalidad y se parecen a muchos otros, principalmente a canciones y coplas españolas. El secreto está pues en la música. Pero esta misma condición le fue negada por un colaborador anónimo del Mercurio quien tomó la contrapartida de Sicramio. El contradictor no hallaba originalidad ni patetismo en la música del yaraví, fácilmente superable por cualquiera otra música, sobre todo teniendo a la mano el Stabat Mater Dolorosa de Pergolesi; y, del análisis de sus modulaciones y transiciones, deducía "el poco mérito de esta especie de música".  El empecinado contradictor encontraba también que los indios no eran exclusivamente tristes, sino que tenían sus momentos de alegría, sus pasiones, sus impulsos de ambición y de gloria manifestada algunas de ellas en las modulaciones alegres y vivaces de las cashuas y cascabelillos, danzas regocijadas. El descontento encontraba, aún, en los yaravíes un sabor añejo de seguidillas españolas.  En el mismo  Mercurio Peruano se consignó un artículo del sabio don Hipólito Unanue, en el que éste, de ocasión toca en el tema de los yaravíes y dice que son canciones elegíacas, cuya "música peculiar " les da una fuerza especial, superior a los cantos de otras naciones" para inflamar el corazón humano en los sentimientos de la piedad y el amor ".

     El tercer momento en la vida del yaraví lo representa Mariano Melgar. El yaraví quechua de Valdez se castellaniza en manos del criollo arequipeño, pero sin perder su alma india. Los diez yaravíes que se conocen de Melgar están escritos en español, en estrofas que recuerdan e imitan las anacreónticas (del poeta griego De Anacreonte 560 -468 a.C) de Meléndez Valdez y de otros españoles contemporáneos, como anotó Riva Agüero. Pero hay en ellos un acento americano popular y romántico inconfundible, un estremecimiento semejante al de los versos posteriores de Acuña y de Plácido. Esto quiere decir que la endecha no es ya puramente indígena del Perú, sino criolla, de América urbana y provincial, cantada bajo el balcón, en noche de serenata y acompañada por el bordoneo de la guitarra:

                                                Todo mi afecto puse en una
                                                           ingrata y ella inconstante me
                                                                                 llegó a olvidar si así, si así se
                                                           trata, un afecto sincero, amor,
                                                           amor no quiero, no quiero más
                                                           amar.

     Melgar halla en los yaravíes la veta de lo popular y da expansión en ellos a su espíritu reprimido de libertad y de rebeldía. La adopción de la canción indígena, para sus esparcimientos poéticos, demuestra su simpatía instintiva por los oprimidos y los débiles.
Desecha las estrofas académicas y la poesía clásica y mitológica que le enseñaron, para inspirarse en las formas del arte indígena, saludada ya en el Mercurio Peruano e indicada al amor de los jóvenes, como una enseña de nacionalidad. Arequipa presta, además, a los yaravíes de Melgar el escenario indispensable del campo que es nota consustancial del yaraví. Este, según lo apunta el prologuista de Melgar no puede surgir en las ciudades porque requiere soledad, silencio y un aire de égloga. Arequipa con su campiña y su paz rural alienta el alma soledosa del yaraví.

     Melgar no renueva casi la técnica del yaraví, ni los temas de éste, que permanecen inalterables, pero, por contagio de su existencia atormentada y de su trágica inmolación por la libertad, le comunica un aliento revolucionario y patriótico. Melgar cumple su sino rebelde no sólo al insurreccionarse contra el régimen español sino al escribir yaravíes. Con ellos reivindica el ancestro indio de nuestro mestizaje y lo vincula, como haría más tarde Olmedo, al ideal revolucionario. Al morir fusilado por su adhesión a la revolución de Pumacahua, después de la batalla de Humachiri, sus yaravíes se quedan para siempre, en la imaginación popular, oreados de pólvora revolucionaria y de sangre insurgente. Pero su languidez romántica es siempre la misma:

                                                 Vuelve que ya
                                                 no puedo Vivir
                                                 sin tu cariño;
                                                 Vuelve mi
                                                 palomita,
                                                 Vuelve a tu
                                                 dulce nido.

     Por ello en Arequipa los yaravíes de Melgar serían escuchados por los niños inclinados sobre el regazo materno y adormecidos con el arrullo de su triste música, como recuerda don Francisco García Calderón en el prólogo a las Poesías de Melgar, pero serían cantadas también en los combates, por los soldados arequipeños en las insurrecciones republicanas, no obstante su aliento lírico, como una poesía de barricada.

      El romanticismo fue un momento propicio para el florecimiento de las tendencias melancólicas que encarna el yaraví. En realidad muchas poesías nostálgicas de nuestros bardos escritas con el desmayo amoroso y la obsesión fatalista del movimiento romántico pudieran considerarse dentro del género del yaraví. Pero los nombres que les dieron sus autores de baladas, cantarcillos, estancias, barcarolas o seguidillas, demuestran, desde el primer momento, su alejamiento del alma india. Aun algunos que escriben versos bajo el epígrafe de yaravíes, como Althaus y Salaverry, encubren bajo ese título canciones lamartinianas o imitaciones de Arolas o Zorrilla. Salaverry sin embargo, canta en un verso la emoción que le produjo la música de un yaraví:

                                                       Jamás con
                                                                    tanta dulzura
                                                                                              turbó un yaraví
                                                                    mi calma: tal
                                                                    fue tu voz de
                                                                    ternura.

            

              JOSE A. GAMARRA AMARO
INSTITUTO DE ESTUDIOS PERUANOS –IEP, 2017.
*BIBLIOGRAFIA: RAUL PORRAS BARRENECHEA

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miércoles, 26 de febrero de 2020

EL ORIGEN DE SAN PEDRO "EL AUQUISH" Y LOS 30 HITOS (MOJÓN O SEÑAL) QUE SE VAN PERDIENDO, O... ¿SE PERDIERON?

   PÁRRAFOS COGIDOS DE LA PRE EDICIÓN  DE LA NOVELA "LOS ASESINOS DE LA PAZ" DE JOSE A. GAMARRA AMARO.

© EDITORIAL ALFAGUARA (2016). ISBN: 978-820-4580-48-9. Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2016-00998 -Registro de Proyecto Editorial Nº 31501521501579.



SAN PEDRO

[...]Al momento en que llegó Cadarcio, los ayllus estaban dispersos, pero tenían puntos o colindancias fijas y de ese modelo se sirvió el español para la demarcación naciente de Cacas. La primera formación de mesa (consenso vecinal), se hizo el 30 de abril de 1627 en presencia y comparecencia de los delegados circundantes y mediatos a Cacas. El 02 de mayo, siendo las ocho de la mañana se comenzó la demarcación desde el primer punto principal llamado YANARRUCO, luego se pasó al segundo punto llamado YANASHALAN, luego vendrían los puntos subsiguientes PATARA, COLPASPUGUYO, ATANACANCHA, PATACANCHA, PUCARA, PULUCANCHA, ORCAYSUYUC, YORACGAGA, MINERAL GREDA, EGEGGIALLANA y por último al punto llamado TURPUPUNTO. Eran casi a las 5.30pm y Cadarcio mando hacer descanso por éste primer día y hacer toldo para el “descanso” del Apóstol San Pedro quien también recorría el trayecto en un anda cargado por 27 indios que se relevaban entre sí. El día 03 de mayo prosiguió la demarcación comenzando con el punto ATACAYAN, seguido por el punto denominado PARAPACO, CHAGACHUCCH, TUCUMACHAY, NEGROHUANUSHA, IRCANCANCHA, LANCACANCHA, LLACZA, CHUPAS, SALLAC y finalmente el punto llamado MUCHANACUSGA. Como el primer día se mandó hacer toldo para el Apóstol San Pedro y para todos los interesados. Para el tercer día, 04 de mayo, se comenzó por el punto llamado INFIERNILLO, luego vendría el punto ANTACOCHA, LACGUAPUKIO, TINGO, HUACHUCANCHA, YORAGAGA y para cerrar la triangulación con el punto YANARRUCA. Eran las 5.45pm donde las partes colindantes e interesadas dispusieron para el día siguiente dar conformidad a las actas. El 05 de mayo de 1627 se levantó la escritura viva al más honroso título de posición; uno elevándose al virrey de Lima y otra quedando en posición de la delegación de Cacas.
    
FIESTA PATRONAL DE 1930, VÉASE A LOS "CHUTOS" Y LOS ARRIEROS CON SUS MULAS
     Como se puede comprobar, Cacas nació como pueblo el 2 de mayo de 1627, ése día se comenzó la remensura para la composición de tierras por representantes del Virrey  del Perú don Diego Fernández de Córdova y López de la Ruelas, Marqués de Gualdacázar y Conde de las Posadas en el reinado de don Felipe IV de España. Para este acto se puso en conocimiento a don Fidel Céspedes; cacique de Pallgamayu, Sandalio López; Cacique de Quiparacra, Pablo Tinuco Cacique de Qaqash y a los representantes de Junín. El Virrey de acuerdo con el Arzobispo de Lima, Monseñor Gonzalo de Ocampo, dieron pase a los enviados del Rey otorgándoles permiso y autoridad correspondientes en las personas de don Juan de Dios José María de Cadarcio, rey redemensurero, medidor de tierras y pastos; don Javier Napoleón y don Pascacio Pintapulen; Fiscal General Pregonero de la Lengua Quechua y Castellana, Hernando Vista Alegría; Corregidor Visitador,  quienes trajeron a la Imagen del Apóstol San Pedro y en procesión recorrió todo el alinderamiento y fue aclamado como el patrón del pueblo naciente.10
     
FIESTA PATRONAL, PROBABLEMENTE 1921 A 1927; VEASE LOS APERADOS DE LOS CABALLOS

    Qaqashmarka se evangelizó como San Pedro de Cacas, cambiando la consonante /Q/ por /C/ como evolución del castellano. No queremos afirmar que Qaqa sea el significado que encierra una Etimología Toponímica del lugar, pero dado que los topónimos pasan de un idioma a otro, previo tamiz de o las lenguas que lo heredan, no sería tan raro que Qaqa pertenezca a una Etimología Polpular como cientos de ciudades o lugares en el Perú. Qaqa es una palabra que según el diccionario de La Academia Mayor de la Lengua Quechua significa roquería, peñasco, peñón, y la /s/ final es un antiguo sufijo quechua adjetivador, la /sh/ final es un cognato de la /s/, por tanto Qaqash significa roquedal o peñasco. Aunque el Dr. Cerrón-Palomino sostiene que el fonema /sh/, fuera de la realización alomórfica no se le registra en ningún lexema (El Diccionario Quechua de los Académicos. Rodolfo Cerrón-Palomino, 1997). Desde ese momento entre los días 02 al 05 de mayo salía en procesión todos los años por las laderas del Cachipukio y serpenteando el Patamarka la pequeña estatuilla de 32.7 cm del Apóstol San Pedro dejada por los españoles y cargada por los indios de Cacas. Dicha estatua componía de una sola pieza, la túnica blanca por los bordes y el coselete del cuello era bañada de oro de 24 quilates, mientras el manto rojo escarlata estaba terminada y decorada finamente, las dos llaves -que son símbolos de la iglesia católica, del poder de atar y desatar-, uno era de plata y otra de oro:
     
“ Se hallelo después de haber paseado al doctor San Pedro y saber de Él. Pero los españoles adoraban a tal señor y aldejares a los indios de Cacas lloraban acariciándolese la llave y deciban: ventecuatro…ventecuatro kilotes, cuidenlo, cuidenlo…oro y plata es”. (Escritos del Cacique de Quiparacra, Sandalio López / Escritura Viva 05-05-1627, Biblioteca y archivos Comunidad Campesina de San Pedro de Cajas, 1988)
    
      En realidad, era una hermosa escultura de una magnífica obra de arte, que aún en el siglo XX, se podía comprobar y contemplar en los enceres (objetos/utensilios) del San Pedro de los Patamarkas. Era apreciado, ambicionado y codiciado por cuántas personas cuyas motivaciones funestas eran despojarlas, birlar o trucar de los enceres del Apóstol.

     Trazada la nueva ciudad, en 1635 los nativos indios de Cacas trasladan a su patrón San Pedro a la rustica iglesia señalada por los ibéricos, sin dejar de pasearlo siempre entre los cuatro días de mayo. El "Auquin", en reconocimiento de autoridad era quien presidía la procesión, mientras los varones, camisa y pantalón bayeta, puesta el llapichuko por el frío, poncho y chalina, llankis marrones, negros, gris claro, medias de lana, y sobre los hombros portando la huaraka y el huallki; mientras las mujeres puestas sus ruripas de bayeta, medias de lana y llankis, cargados su huallki y su puchka, cantaban y bailaban (Archivos de la Comunidad Campesina de San Pedro de Cajas, 1988)
    
      En 1622 el Papa Gregorio XV establece un “Ministerio de las Misiones” para la “Propagación de la Fe”, con tal motivo se puso énfasis en propagar la evangelización con fuerza dentro del virreinato. A la parte central, precisamente hacia la Meseta de Bombón y lugares aledaños llegaron los frailes franciscanos a llevar la Palabra de Dios a todos los indígenas, conviviendo prácticamente con ellos para transmitirles no solo la palabra sino su testimonio de vida: la fe cristiana. Fieles a la fe inseparable entre evangelización-salvación y evangelización-promoción humana enseñaron a los indios labores agrícolas, la gramática y castellana (leer y escribir), el arte de tocar instrumentos musicales, la talabartería, los tejidos a telar, etc. Tal es así, que, los franciscanos orientaron a los indios de Cacas la celebración de San Pedro para el santoral del 28 y 29 de junio conjuntamente con San Pablo en conmemoración al martirio en Roma de los Apóstoles Simón Pedro y Pablo de Tarso.   
             
              “…yo estaba incrédulo desta cuenta.
               Los indios Cacas andawan
               perdidos del dia de su Patrón Pedro.
               entonces le dieron la obidencia en nombre
               de su majestad a los curas y cambiaron su dia de
               salida para junio y los curas pasaron a ser sus amigos,
                los cuales comían y bebían para esa dia y fecha…”(Expedientes de la Comunidad de los Mitma Yauyos, 1642)

      Entre 1730 en adelante, erigida el Convento de Ocopa, ya los curas franciscanos solían venir con frecuencia, propalando a los indios, que las mulas, los caballos y los toros también eran hermanos suyos, y que siempre deben de estar presente las virtudes de la humildad, la obediencia, la pobreza y la caridad, en alusión a San Antonio de Padua quien también pertenecía a dicha Orden religiosa.
      
     Y...así, hace 389 años, los Sanpedranos, pasean en anda y procesión todos los 29 de junio, con un atuendo característico del lugar, a su único y Primer Patrón San Pedro llamado cariñosamente “El Auquish” (el viejo), unos le llaman San Pedro de Patamarka, otros le bajan de grado despectivamente y le llaman San Pedro Segundo, craso error. El "Auquin" comenzó a usar el "Varayok", dando nacimiento al primer funcionario colonial en Qaqash. Todos los años, mutuamente, ésta comunidad de indígenas aportaban entre sí, para que también ésta correspondiera, cuando la otra parte lo necesitara. En retribución se servían comidas y bebidas durante ese tiempo. (Archivos Comunidad Campesina de San Pedro de Cajas). El Ayni no les era desconocido, aún con el sincretismo evangelizador. 
     El fundador y primer mayordomo del “Auquish” fue don Elías Meza León y doña Sandalia Alania Román allá por 1881, para que así se cumplieran con el día principal de San Pedro todos los 29 de junio[...]

SAN PEDRO DE CAJAS 1960, VEASE EL UNIFORME COMANDO DE LOS ESCOLARES

sábado, 18 de enero de 2020

EL CURACA TAULICHUSCO, EL VIEJO.


TAULICHUSCO

POR: JOSE A. GAMARRA AMARO

“Feliz día ciudad de Lima. Tu que cobijaste a mis coterráneos y al mío propio, cuando dejamos nuestra amada patria pequeña,  y nos brindaste este cielo gris color ‘panza de burro’. A los limeños viejos y nuevos, a los que la conocieron siempre y a los que recién la descubren con ojos curiosos. Estas siempre soberbia, orgullosa cual un serafín. Perfumada de lirio y rosa. Lima y sus 485 años de fundación”.

                                    
                             
                 
                                                                            CACIQUE TAULICHUSCO “EL VIEJO”

 Francisco Pizarro y los españoles llegaron a Pachacámac a fines de 1534. Venían desde Jauja buscando un lugar para fundar la capital del Perú.

     El 6 de enero de 1535 un grupo de soldados fue a explorar el valle del Rímac. Una semana después regresó la expedición diciendo que habían encontrado el lugar perfecto.
    
El 18 de enero de 1535, Francisco Pizarro fundó la "Ciudad de los Reyes" en advocación a los reyes magos.
    
     Al llegar al valle del Rímac, los españoles encontraron lo que buscaban, un lugar con salida al mar, buen clima y donde los vientos eran saludables.

     El nombre de Rímac sonó a Limac a los oídos de los españoles, así nació el nombre de nuestra ciudad. Rímac significa hablador o hablar.
    
 Lima se ubica en un desierto natural, sin embargo, a la llegada de los españoles a Lima encontraron un gran valle cubierto de vegetación. Esto pudo ser posible gracias a la construcción de canales de regadío durante el intermedio temprano (200-700 d.C.) y que fueron perfeccionados en la época de la influencia Wari.

     Del río Rímac salían grandes canales de regadío que por su regular tamaño fueron llamados ríos: río Guatica o Huatca, río Surco y Maranga.

     Según Alejandro Reyes Flores y Fernando Flores Zúñiga, el río Huatica entraba a Lima por el Martinete (hoy jirón Amazonas), seguía por la calle de las carrozas, el barrio de Santa Clara, cruzaba la avenida Grau por el jirón Andahuaylas hacia la Victoria, de allí a Lince y San Isidro.

     Luego de la fundación, se hizo el trazado en manzanas sobre las vías prehispánicas que ya existían. Se utilizó el modelo del castrum o campamento militar romano para su diseño.



                                      Castrum romano o campamento militar dividido en manzanas.
     De esa Lima que encontraron los españoles nos queda poco. Según las reconstrucciones hechas por los Arquitectos Santiago Agurto, Juan Günther y Fernando Flores Zuñiga, el actual centro histórico de Lima estaba atravesado por canales y caminos.
     Por un lado se ubicaba el capac ñam o camino incaico que ingresaba al centro histórico siguiendo el jirón quilca. Según Juan Günther:
“Al sur del Tianguez, en el cruce del camino de los incas con el antiguo wari, actuales jirones Quilca y Miró Quesada, y actual plaza Elguera, se encontraba, según el Anónimo Portugués, el Tambo de Lima y lo que podríamos llamar terminal de comunicaciones”. (Günther 1992: 41)
     Este era uno de los varios tambos que se ubicaban en las entradas de la comarca. Los nombres de algunas calles han dejado huella de su    existencia, el ing. Juan Bromley señala algunos de estos:
“Tambo de los Caballeros de Balaguer, en la actual calle de Desamparados; los Tambos de Hinojosa, del Sol y de Huánuco, en el barrio de San Lázaro; el Tambo Blanco o Mesón Blanco, por las Nazarenas; el Tambo de Belén; el de la Estrella, en la calle de la Huaquilla; el de la Sirena, en la calle de este nombre”. (Bromley 2005: 124)
     Las vías prehispánicas han desaparecido, actualmente solo se conservan el jirón Quilca, Junín y Miró Quesada.
     El jirón de la Unión no existía, en su lugar había una vía que unía la esquina del jirón Quilca y Belén (cuadra 2 del jirón de la Unión) con la plaza principal (hoy plaza mayor). Pizarro desapareció este camino al hacer la cuadricula para las calles.
      A pesar del nuevo orden urbano, algunas calles conservaron en sus nombres la existencia de construcciones prehispánicas, es el caso de las calles:
    Huaquilla (cuadra 10 del jirón Ayacucho) que tomó su nombre de una pequeña huaca que fue demolida en la segunda mitad del siglo XVII.
      Panteoncito (cuadra 3 del jirón Rufino Torrico) Juan Bromley cree que pudo existir en esta calle una pequeña huaca de indios.
     Rastro de huaquilla (cuadra 1 del jirón Cangallo) donde se ubica la piedra horadada, que es considerada una piedra prehispánica. La historiadora María Rostworowski no cree que esta piedra esté relacionada con la huaca de la plaza Santa Ana (hoy Plaza Italia).
     Tambo del sol (jirón Chalaco en el Rímac) que toma su nombre de una posada que acogía a los viajeros que venían por el camino inca desde el norte del Perú. No se descarta la existencia de un tambo prehispánico.
     Jirón Trujillo (distrito del Rímac) toma su nombre por estar construido sobre el antiguo camino inca que iba a Trujillo. Este camino continuaba por el Rímac y salía hacia la actual avenida Túpac Amaru.
La plaza mayor
     La plaza prehispánica era de forma ligeramente triangular. Sobre esta se creó la Plaza Mayor. En este lugar se ubicaba el Palacio de Taulichusco (actual palacio de Gobierno), a un lado una pequeña huaca llamada por Emilio Hart-Terré, Puma Inti (sobre esta se construyó la Catedral de Lima) y en el otro extremo un corral de llamas que era propiedad de Taulichusco (terreno hoy ocupado por la municipalidad de Lima). Sobre el palacio de Taulichusco Juan Günther anota:
“El palacio del curaca formaba una sola unidad con el solar de Jerónimo de Aliaga a la que se accedía por una rampa, paralela a la actual calle Palacio, que con el tiempo se ha convertido en la escalera que da acceso a las oficinas presidenciales desde la calle citada. Detrás del Palacio, como ya se dijo, estaba la bocatoma del más antiguo río artificial del valle y la huerta desde donde también se controlaba el riego del río Huatica.” (Günther 1991: 42)
     La ubicación de la Plaza Mayor no fue cambiada, por ser este lugar un sitio estratégico para el control de los canales de regadío y los caminos incas.
     En la primera cuadra del jirón de la Unión (calle de palacio) se encontraba una pequeña huaca, sobre ésta se construyó la casa Aliaga. La casa Aliaga es la más antigua de la ciudad de Lima. María Rostworowski cree que esta huaca estuvo unida al palacio de Taulichusco.
 Casa Aliaga, la casa más antigua de Lima está construida sobre una huaca prehispánica 

La calle más antigua de Lima
    El jirón Quilca es la calle más antigua de Lima que conserva su trazado prehispánico, pues está construida sobre el camino inca que dividía a la ciudad de este a oeste y seguía hacía el actual distrito del Rímac. Todas las demás vías desaparecieron bajo la cuadricula europea.

A simple vista un pasaje peatonal, en la época prehispánica fue parte del gran camino inca. Jirón Quilca visto desde la plaza San Martín (Foto: Juan Jósé Pacheco)



     En esta vía prehispánica se ubicó la calle alfareros (cuadra 3) donde vivían los artesanos indígenas que elaboraban cerámica utilitaria y los vendedores de pescado.

     Otras vías prehispánicas que se han conservado son el jirón Junín, Rufino Torrico y Miró Quesada.


Ciudad de huacas

     La huaca más importante de la zona se encontraba en la actual plaza Italia o plaza Santa Ana. Según la Dra. María Rostworowski es por eso que esta plaza mantiene la forma trapezoidal de las plazas incaicas. Este lugar era muy importante para la población indígena y por eso allí fue fundado el hospital de indios de Santa Ana.

     El historiador Dr. Waldemar Espinoza y el Arq. Juan Günther creen que en este lugar estuvo el oráculo de Lima, siguiendo una información del cronista Cristóbal de Albornoz.

“Rimac, guaca de los indios de Lima que se dezían ychmas, donde está poblada la ciudad de los Reyes, era una piedra redonda. Está en un llano donde tiene la guerta Gerónimo Silva”. (Günther 1991: 41)




 Plaza Santa Ana o Italia, en este lugar se ubicaba la huaca más importante de Lima 

¿Quién fue Taulichusco?
    
GONZALO TAULICHUSCO, HIJO DEL VIEJO.
 Los curacazgos de Lima fueron conquistados por los incas. El gobierno del valle estaba en manos de Taulichusco, un curaca yana de Mama Vilo, mujer secundaria de Huayna Capac.
     Francisco Pizarro fijó su residencia en el palacio de Taulichusco y lo despojó de su poder. Vivió algunos años. Sus hijos Francisco y Gonzalo fueron herederos de nada.
     Sobre Taulichusco se conoce muy poco, apenas algunos documentos hallados por Lohmann Villena nos hablan de este curaca y sus descendientes.
     En las últimas décadas la figura de este curaca yana ha sido rescatada del olvido. Durante la gestión del alcalde Alfonso Barrantes, se erigió un monumento a Taulichusco en el pasaje Santa Rosa, a un lado del edificio municipal.
     A pesar de saber poco de él, desde el 2006, un grupo de congresistas y organizaciones neo-indigenistas han organizado un homenaje denominado la “fundación indígena de Lima”.
     Este evento que habla de un personaje histórico, podría ser parte de una interpretación política. Hablar de Taulichusco como el último curaca o señor de Lima, nos crea una imagen algo falsa de nuestro pasado.

     Recordemos a María Rostworowski y Waldemar Espinoza quienes han recalcado que era un curaca yana.
     Los curacas yanas no siempre eran originarios del lugar donde gobernaban. Tampoco eran libres, eran servidores del inca o de las panacas. Es decir, no eran señores de señorío, la tierra que gobernaban no les pertenecía, ni les perteneció.
     Hablar de Taulichusco como un señor indígena, es muy relativo, estamos más bien ante un yana, un servidor que cuidaba las tierras, ganados y producción del inca.
     Además existen serias dudas sobre Taulichusco como último curaca de Lima, ya Raúl Porras Barrenechea ponía en duda que este curaca haya gobernado por su avanzada edad.
     Algunos quieren utilizar la imagen de Taulichusco para recrear una identidad indígena de Lima desde el presente, sin embargo, esta manipulación histórica tiene bases muy frágiles. Si no, basta recordar la famosa polémica durante la gestión del alcalde Luis Castañeda cuando se hizo la mudanza del monumento de Pizarro al parque de la Muralla. Por eso, ante cualquier manipulación ideológica presente de nuestro pasado, es mejor recurrir a la investigación histórica, o dejar que los científicos, historiadores y arqueólogos hagan sus trabajos y no seudos activistas escribiendo falazmente, con intriga y argucia, confabulándose con otro seudo, editen historias que son espurios y engañosas.


 Monumento a Taulichusco, último curaca de Lima 

BIBLIOGRAFIA

Álbum conmemorativo del IV centenario de la fundación de Lima. Lima: Imp. C. Ruiz, 1935
AGURTO, Santiago. Lima Prehispánica. Lima: Municipalidad de Lima – FINANPRO. 1984
BROMLEY, Juan. Las viejas calles de Lima. Lima: Municipalidad de Lima. 2005
GÜNTHER DOERING, Juan y Guillermo LOHMANN VILLENA. Lima. Madrid: Mapfre. 1992
LOHMANN VILLENA, Guillermo. “El testamento del curaca de Lima don Gonzalo Taulichusco (1562)”. Revista del Archivo General de la Nación, 7: 267-275. 1984
PORRAS BARRENECHEA, Raul. “La raíz india de Lima”. 

ROSTWOROWSKI, María. “Lima antes de Lima”.